CAPÍTULO 1:
Una señora excesiva en carnes, con un niño nervioso en sus lozanos brazos, es de lo más rollo que se te puede sentar al lado en el metro.
Ella deja reposar su figura sobre ti, mientras el niño palmotea y patalea para escapar, aunque sólo sea unas pulgadas, del perímetro maternal.
Y ahí estás tú, con medio cuerpo escondido tras una extraña, reflexionando acerca de lo duro que resulta ser madre. Tan, tan duro, que no te da tiempo a lavarte el sobaquillo cuando te levantas por la mañana.
¡Oh, no! ¡He dicho “sobaquillo”! Olvidaba que esta palabra fue prohibida por la censura franquista.
Dado el tono retrógrado de este discurso, debería decir que lo que no se ha lavado la señora ha sido la “axililla”.
CAPÍTULO 2:
Alonso Martínez, 10:30 de la mañana. Entro en el metro en la calle Génova y, a mi lado, se sienta una madre con su niño.
Ella es guapísima, delgada, con un pelo precioso y vestida con impecable sencillez.
Me fijo en el niño y veo una carita dulce, redondeada, con unos ojos que brillan de felicidad. Pienso, “normal: sea por el motivo que sea, este niño se ha librado hoy de ir al cole”.
Observo su mata de pelo, bien peinada y con ese flequillo un tanto trasnochado que volverá locas a las niñas dentro de diez años.
Y es entonces, decidido ya que quiero uno igual, cuando me doy cuenta de que su madre ha tenido la precaución de llevarle un jersey por si hace frío, una pequeña sudadera color crema que el niño lleva, conveniente y aterradoramente atada al cuello, con la elegancia propia de las viejas-nuevas generaciones.
No en vano, esta parada te deja directamente en la sede de los niños bien.
Se me hiela la sangre. Será por el aire acondicionado.
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