domingo, 22 de mayo de 2011

Escribir.

   Es difícil tener algo que contar, y aún más ser capaz de abrir el corazón y exponerlo a las miradas del mundo. Es probable que nadie lea jamás estas palabras, pero al dejarlas en estas páginas quedan expuestas al juicio, en la forma y en el contenido, de todo aquel que tropiece con ellas.
   La forma es la que recibe, la que acoge el pensamiento y lo convierte en algo comprensible, la que hace posible el texto. Pero su función de “soporte” de las ideas la sitúa en el plano de lo relativo, de lo que se puede juzgar y aceptar de manera accidental, casi como si de una forma de arte se tratase. Si la forma no convence no pagamos un precio demasiado caro, porque hablamos sólo del recipiente. No ocurre así con el contenido. Del juicio del contenido no podemos escapar tan fácilmente.
   En el contenido vertemos lo que llevamos dentro, de ahí que muchas veces nuestros textos estén vacíos. En el contenido expresamos lo que somos y lo que queremos ser, pero siempre fingiendo, siempre ocultando una parte de nosotros, siempre mostrando la parcela, real o inventada, que consideramos adecuada al juicio de los demás.
   Muchas veces, todas las veces, me planteo que debería escribir más, y cuando decido llevar a la práctica este propósito me doy cuenta de que no puedo vaciarme y ser sincera, porque hay muchas cosas de mí misma que no quiero que se sepan y que yo misma no conozco.
   Podría, para salvar este “impedimento”, hablar sólo de lo que sé y nunca de lo que siento. O podría, por otro lado, quedarme siempre en la forma y dedicar libros enteros a no decir nada. Pero esto último no me convence… hay ya demasiados textos con estas características.
   Podría, también, aprender a dibujar las máscaras con las que quiero mostrarme al mundo, aunque esto suponga renunciar a la lucidez que a uno le aporta el hecho de saber que hay alguien que lo lee y, por lo tanto, que hay alguien que lo entiende. Es esta una bonita y útil circunstancia que, sin duda, puede ayudarnos a interpretarnos a nosotros mismos.
   “Necesito alguien que me lea”, eso afirmaba el protagonista de La Reina de las Nieves, de Carmen Martín Gaite. Necesito alguien que, desde fuera, tenga la perspectiva y los datos suficientes como para interpretar la forma y el contenido, para hacerlos uno en el texto y confirmar si, realmente, tengo algo que decir.
   Sin duda, la escritura es una gran terapia y el lector es el mejor psicoanalista. Lástima que ya nadie lea.

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