Yo antes tenía otro blog, pero me lo copiaron.
Qué extraño resulta eso de pasarse la vida animando a la gente a ser original para luego descubrir que tus propios amigos copian y pegan las palabras con las que les invitas a trabajar sus propias ideas.
Ya sé que no hay nada nuevo bajo el sol, que todo está ya dicho y mil veces repetido, pero es bonito pensar que uno es capaz de darle su propia impronta a las ideas que, en un momento dado, nos han invitado a volcar un pensamiento en un medio al que llamamos “propio”.
Pero, ¿propio con las palabras de otro? Eso no puede ser. Para eso tenemos ya los medios de comunicación.
Es por estas ironías de la vida contemporánea por las que una se plantea si no será mejor guardarlo todo en los armarios de su propia memoria, ahí donde las cosas se amontonan y nadie las copia, aunque se corra el riesgo de no volverlas a encontrar.
Todavía no sé si es mejor permanecer escondido o, por el contrario, arriesgarse e intentar deslizarse de puntillas, de manera silenciosa, para caminar sin que los hombres grises te roben las palabras. En un susurro y sin avisar. Tal vez así sea posible avanzar esquivando el portapapeles de los que no tienen nada que decir.
De esta manera mis palabras serán sólo unas cuantas hojas en medio de una inmensa maleza; sólo un pequeño apunte entre ingentes cantidades de información. Silenciosas, pero únicas. Sin altavoces ajenos que distorsionen mis ideas y las conviertan en ruido.
Este blog, en silencio, quiere ser sólo uno más de los millones de muros insignificantes que soportan el universo de nuestro día a día. Quiere ser sólo un cajón en el que guardar ordenados algunos recuerdos, sólo unos pocos, para que algo quede de mi caprichosa memoria, de esa que tan pronto lo recuerda todo, como no recuerda nada.
Sólo una cosa te pido, lector, si en el curso de tus viajes has llegado a esta página: por favor, no me copies.
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