miércoles, 23 de abril de 2014

Descanse en paz... en mi sofá

   Hoy es el Día del Libro. Hoy tenemos unos cuantos autores menos y, entre ellos, hoy nos falta Gabriel García Márquez, ese contador de historias que, vaya usted a saber por qué, de vez en cuando viene y se sienta en mi sofá. ¿Cómo lo hace para salir de sus libros y leerme sus historias desde la silla de al lado? Es magia.
   No sé por qué, pero no leí Cien años de soledad en el instituto. Nunca nadie me obligó a hacerlo. Tal vez fue porque en aquella época yo era de “ciencias” y sólo leía por placer. ¡Y mucho! 
   Mi primer contacto con la literatura de Gabriel García Márquez me llegó de las páginas de El amor en los tiempos del cólera, uno de mis libros favoritos. Se convirtió en un imprescindible así, sin más, de manera natural y desde las primeras líneas, como todos los libros de este impresionante narrador que tiene el don de atrapar a los lectores aún cuando las historias son densas y a uno le parece que no le van a interesar.
   Pero bueno, en este caso ya sabemos cuál es el truco. Sería de mala educación cerrar el libro y levantarse cuando es el propio autor el que te lo está leyendo… Y de esta manera sucede que uno abre un relato sobre conflictos políticos en Colombia, por poner un ejemplo, y oye, que sigues y sigues y sigues a pesar de estar metiéndote entre pecho y espalda la historia de un secuestro. En un primer momento a uno le parece que el tema va a ser difícil de tragar, pero no hay nada como escuchar a alguien contar una historia con emoción y con un ritmo de esos que te atrapan.
   ¿He dicho "escuchar"? Vaya. Gabriel García Márquez, siempre mágico. Quería decir “leer”, ya lo sabéis. O tal vez no, no lo sé. La verdad es que sigo sin averiguar si lo de Gabriel García Márquez yo lo leo o lo escucho. Es un misterio.
   Y a pesar de tenerte aquí, sentado en mi sofá, hace mucho que te echo de menos, Gabo. Sigo esperando la segunda parte de tu autobiografía. Llevo años en ascuas porque se te olvidó contarme qué te contestó Mercedes a la “nota de juguete” que le escribiste en el avión. El tiempo se me ha hecho eterno esperando que siguieses leyéndome tus milagros.
   Ese cáncer que te enseñó a vivir me dejó sin tus palabras. La enfermedad te hizo entregarte por completo a tu mundo, a ese lugar en el que “las cosas más maravillosas eran siempre cotidianas”, y tu relato pendiente no viajó ya nunca más hasta mi casa. Te ganaron los amigos y te perdimos los lectores. Ahora ya sólo me lees las historias que escribiste hace años, pero me he quedado sin conocer el final de la tuya propia.
   Ahora sólo me queda confiar en que tu familia quiera compartir conmigo esas páginas inacabadas.
   Te espero. Ahí tienes mi sofá. No tardes en llegar.

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