martes, 24 de mayo de 2011

Mis vecinos del Transporte Público (I).

CAPÍTULO 1:
   Una señora excesiva en carnes, con un niño nervioso en sus lozanos brazos, es de lo más rollo que se te puede sentar al lado en el metro.
   Ella deja reposar su figura sobre ti, mientras el niño palmotea y patalea para escapar, aunque sólo sea unas pulgadas, del perímetro maternal.
   Y ahí estás tú, con medio cuerpo escondido tras una extraña, reflexionando acerca de lo duro que resulta ser madre. Tan, tan duro, que no te da tiempo a lavarte el sobaquillo cuando te levantas por la mañana.
   ¡Oh, no! ¡He dicho “sobaquillo”! Olvidaba que esta palabra fue prohibida por la censura franquista.
   Dado el tono retrógrado de este discurso, debería decir que lo que no se ha lavado la señora ha sido la “axililla”.

CAPÍTULO 2:
   Alonso Martínez, 10:30 de la mañana. Entro en el metro en la calle Génova y, a mi lado, se sienta una madre con su niño.
   Ella es guapísima, delgada, con un pelo precioso y vestida con impecable sencillez.
   Me fijo en el niño y veo una carita dulce, redondeada, con unos ojos que brillan de felicidad. Pienso, “normal: sea por el motivo que sea, este niño se ha librado hoy de ir al cole”.
   Observo su mata de pelo, bien peinada y con ese flequillo un tanto trasnochado que volverá locas a las niñas dentro de diez años.
   Y es entonces, decidido ya que quiero uno igual, cuando me doy cuenta de que su madre ha tenido la precaución de llevarle un jersey por si hace frío, una pequeña sudadera color crema que el niño lleva, conveniente y aterradoramente atada al cuello, con la elegancia propia de las viejas-nuevas generaciones.
   No en vano, esta parada te deja directamente en la sede de los niños bien.
    Se me hiela la sangre. Será por el aire acondicionado.

domingo, 22 de mayo de 2011

Escribir.

   Es difícil tener algo que contar, y aún más ser capaz de abrir el corazón y exponerlo a las miradas del mundo. Es probable que nadie lea jamás estas palabras, pero al dejarlas en estas páginas quedan expuestas al juicio, en la forma y en el contenido, de todo aquel que tropiece con ellas.
   La forma es la que recibe, la que acoge el pensamiento y lo convierte en algo comprensible, la que hace posible el texto. Pero su función de “soporte” de las ideas la sitúa en el plano de lo relativo, de lo que se puede juzgar y aceptar de manera accidental, casi como si de una forma de arte se tratase. Si la forma no convence no pagamos un precio demasiado caro, porque hablamos sólo del recipiente. No ocurre así con el contenido. Del juicio del contenido no podemos escapar tan fácilmente.
   En el contenido vertemos lo que llevamos dentro, de ahí que muchas veces nuestros textos estén vacíos. En el contenido expresamos lo que somos y lo que queremos ser, pero siempre fingiendo, siempre ocultando una parte de nosotros, siempre mostrando la parcela, real o inventada, que consideramos adecuada al juicio de los demás.
   Muchas veces, todas las veces, me planteo que debería escribir más, y cuando decido llevar a la práctica este propósito me doy cuenta de que no puedo vaciarme y ser sincera, porque hay muchas cosas de mí misma que no quiero que se sepan y que yo misma no conozco.
   Podría, para salvar este “impedimento”, hablar sólo de lo que sé y nunca de lo que siento. O podría, por otro lado, quedarme siempre en la forma y dedicar libros enteros a no decir nada. Pero esto último no me convence… hay ya demasiados textos con estas características.
   Podría, también, aprender a dibujar las máscaras con las que quiero mostrarme al mundo, aunque esto suponga renunciar a la lucidez que a uno le aporta el hecho de saber que hay alguien que lo lee y, por lo tanto, que hay alguien que lo entiende. Es esta una bonita y útil circunstancia que, sin duda, puede ayudarnos a interpretarnos a nosotros mismos.
   “Necesito alguien que me lea”, eso afirmaba el protagonista de La Reina de las Nieves, de Carmen Martín Gaite. Necesito alguien que, desde fuera, tenga la perspectiva y los datos suficientes como para interpretar la forma y el contenido, para hacerlos uno en el texto y confirmar si, realmente, tengo algo que decir.
   Sin duda, la escritura es una gran terapia y el lector es el mejor psicoanalista. Lástima que ya nadie lea.

jueves, 19 de mayo de 2011

Una entrada en silencio.

Yo antes tenía otro blog, pero me lo copiaron.
Qué extraño resulta eso de pasarse la vida animando a la gente a ser original para luego descubrir que tus propios amigos copian y pegan las palabras con las que les invitas a trabajar sus propias ideas.
Ya sé que no hay nada nuevo bajo el sol, que todo está ya dicho y mil veces repetido, pero es bonito pensar que uno es capaz de darle su propia impronta a las ideas que, en un momento dado, nos han invitado a volcar un pensamiento en un medio al que llamamos “propio”. 
Pero, ¿propio con las palabras de otro? Eso no puede ser. Para eso tenemos ya los medios de comunicación.
Es por estas ironías de la vida contemporánea por las que una se plantea si no será mejor guardarlo todo en los armarios de su propia memoria, ahí donde las cosas se amontonan y nadie las copia, aunque se corra el riesgo de no volverlas a encontrar.
Todavía no sé si es mejor permanecer escondido o, por el contrario, arriesgarse e intentar deslizarse de puntillas, de manera silenciosa, para caminar sin que los hombres grises te roben las palabras. En un susurro y sin avisar. Tal vez así sea posible avanzar esquivando el portapapeles de los que no tienen nada que decir.
De esta manera mis palabras serán sólo unas cuantas hojas en medio de una inmensa maleza; sólo un pequeño apunte entre ingentes cantidades de información. Silenciosas, pero únicas. Sin altavoces ajenos que distorsionen mis ideas y las conviertan en ruido.
Este blog, en silencio, quiere ser sólo uno más de los millones de muros insignificantes que soportan el universo de nuestro día a día. Quiere ser sólo un cajón en el que guardar ordenados algunos recuerdos, sólo unos pocos, para que algo quede de mi caprichosa memoria, de esa que tan pronto lo recuerda todo, como no recuerda nada.
Sólo una cosa te pido, lector, si en el curso de tus viajes has llegado a esta página: por favor, no me copies.