sábado, 5 de mayo de 2012

Después de tanto...


   Hace años mi buen amigo Lucio Blanco me recomendó la lectura de un poema de José Hierro al que he acudido muchas veces, pero que en los últimos tiempos se ha convertido en un espejo en el que nos miramos muchos de nosotros. Se titula Vida y yo lo interpreto como la descripción de un fracaso que algunos llevamos alojado en el corazón. Es la expresión del sentimiento de frustración que hoy vivimos los que nos hemos pasado años formándonos, trabajando gratis, compaginando varios empleos precarios para salir adelante, estudiando idiomas porque nos iban a hacer falta, madrugando para hacer cursos con los que completar el currículum, pasando noches sin dormir para terminar encargos gratuitos que supuestamente iban a mejorar nuestro perfil, renunciando a vivir el presente para tener un futuro que nunca va a llegar…
   Y ahora, todos aquellos que nos dejamos convencer por semejantes propósitos, vemos que ninguno de nuestros esfuerzos tiene la más mínima utilidad. No han servido absolutamente para nada porque, después de haber renunciado a nuestros sueños por cumplir unas normas en las que nunca creímos, vienen ahora los que las inventaron y nos dicen que ya no, que las cambian todas y que volvemos a un sistema en el que el único mérito que sirve es el de ser hijo de, o primo de, o puta de…
   Y para los demás, no queda nada. Así es la vida.

VIDA

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo. 
Después de nada, o después de todo 
supe que todo no era más que nada.


Grito "¡Todo!", y el eco dice "¡Nada!" 
Grito "¡Nada!", y el eco dice "¡Todo!". 
Ahora sé que la nada lo era todo, 
y todo era ceniza de la nada.


No queda nada de lo que fue nada. 
(Era ilusión lo que creía todo 
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada 
si más nada será, después de todo, 
después de tanto todo para nada.

José Hierro

miércoles, 8 de febrero de 2012

La película que vi ayer (II): EL MARQUÉS DE SALAMANCA (1948), de Edgar Neville

   Hoy les presento una curiosa película que, en  mi humilde opinión, podría incluir en el título la expresión “Alucina, que no es poco”.
   Con esta me he dormido no una, sino dos veces, y he necesitado tres días para ver el desenlace de una historia, cuando menos, sospechosa. La película cuenta, o eso se supone, la biografía del primer Marqués de Salamanca, de ese señor que construyó el barrio madrileño que lleva su nombre. Con un tono exageradamente elogioso, se nos narran las actividades de un diputado prevaricador que se aprovechaba de información privilegiada para jugar en bolsa, comprar terrenos y llevar adelante proyectos que le enriquecían de manera absolutamente fraudulenta pero, al parecer, grandiosa y digna de alabanza. Alucinantes resultan los aplausos a un tipo que se dedicaba a extender rumores falsos para hacer que las acciones bajasen, o subiesen, o lo que sea que a él le viniese bien.
   Sospechoso resulta que el narrador de esta historia, que no es otro que el rey Alfonso XII, considere maravilloso que este señor se hiciese millonario a costa de defraudar al gobierno y a los ciudadanos. ¡¡Qué gran hombre!! O no he entendido la película, o es apta sólo para fans de la trama Gürtel. Deberían ponerlo en la calificación por edades: sólo Apta para votantes del PP.
   La película fue rodada durante el Franquismo, por lo que es de suponer que el guión sería sometido, como todos, al escrutinio de aquellos grandes eruditos, los censores, que con su trabajo aseguraban que todo lo que se publicaba y exhibía era afín a las virtudes más elevadas. Y, si esto es así, resulta alucinante descubrir que la grandeza de aquel momento se hallaba en la prevaricación y la falta de vergüenza. ¿De qué me extrañaré? Parezco tonta.
   Un ejemplo. El Marqués manipula una jornada en la bolsa y, con ello, hace que todos sus conciudadanos se arruinen. Uno de ellos intenta suicidarse, pero no importa, todos aplauden la grandeza del juego del marqués. ¡¡Qué gran hombre!! ¡¡Qué inteligente!! Este señor, que según la película era lo más generoso que había parido madre, decide perdonarles a todos la deuda tras enterarse del intento de suicidio de su congénere. “Perdono a tutti”, dice, y todos los colegas mafiosos de la Bolsa de Madrid se ponen a dar brincos, upi, upi, ¡qué gran hombre es el señor de Salamanca!
   El señor marqués está interpretado por Alfredo Mayo, y se supone que está enamorado platónicamente de la mujer de uno de sus mejores amigos, que no es otra que Conchita Montes. Lo de platónico digo yo que lo impondría también la censura, porque hay una escena en la que el criado nos cuenta otra de las grandezas del personaje principal, que no es otra que su sobresaliente y nunca bien ponderado carácter de mujeriego. Cuenta el criado que tienen diecitantas novias en la reserva, dos o tres amantes en no sé dónde y una princesa rusa que les espera en París. Justo, justito, lo mismo que predicaba el Franquismo: que los hombres fuesen todo lo golfos que pudiesen y que las mujeres fuesen tontas de capirote.
   En fin. Con semejante argumento, ustedes se preguntarán cómo es posible que me haya dormido dos veces. En realidad debería haber visto la película del tirón y con los ojos abiertos como platos. ¿Noo? Porque tela, telita, tela. Pero así es una. El bochorno no me despierta ningún interés.

martes, 31 de enero de 2012

La película que vi ayer (I): LA VIDA EN UN HILO (1945), de Edgar Neville.

   El día que decidí comenzar este blog pensé que iba a ser un buen ejercicio de escritura, pero me equivocaba. Apenas encuentro anécdotas o cotilleos susceptibles de llenar unas pocas líneas. Y como no quiero abandonar mi propósito de escribir algo, aunque sólo sea de vez en cuando, he terminado por aceptar una idea que llevo tiempo rechazando: la de contaros qué película vi ayer.
   Esta idea, como casi todo lo que hacemos en esta vida, no es nada original. Me la sugirió mi compañero José Luis al hilo de aquellas series de “Favoritos” que colgaba cada día en mi muro de Facebook.
-          ¿Por qué poner todo esto en una red social? – me decía.- ¿Por qué no en un blog?- 
-          Pues porque en ese caso tendría que escribir algo para acompañarlo.
   Acabáramos. Él calló y yo me di cuenta de lo burra que soy. ¡Claro que hay que escribir! Pero de eso precisamente se trataba, ¿o no?
   Así pues, hoy comienzo esta nueva serie que tal vez tenga sólo esta entrada. Es probable que la pereza vuelva a vencerme cuando ponga el punto final a la historia de hoy y que, como tantas otras cosas de las muchísimas que empiezo, esta se quede sin desarrollo.
   Pero al tema. ¿Y qué película vi ayer? En realidad ninguna. Empezamos bien. Ayer tocaba serie, pero da igual. Voy a aprovechar para introducir el ciclo de “Edgar Neville” que nos hemos estado marcando en las últimas semanas. Llevaba mucho tiempo deseando volver a ver las películas de Neville. Recuerdo que tuve ocasión de verlas hace años, probablemente en algún ciclo de La 2, y que me causaron muy buena impresión. Esto debió de ser hace ya como veinte años, porque al ver las películas he descubierto que no me acuerdo de nada… De ahí la necesidad de volver a repasar la trayectoria de este cineasta.
   “La vida en un hilo” es una comedia del año 1945 en la que Edgar Neville sugiere que el azar puede llegar a ser de lo más cómico. Una joven viuda coincide en un tren con una adivina que, con la intención de hacer más ameno el viaje, decide contarle a la chica cómo ha sido su vida en los últimos años. No sólo eso, sino que le narra el momento en el que conoció a su marido y el modo en que, en aquel mismo instante, la casualidad hizo que dejase escapar a otro hombre, a un segundo desconocido, que podría haber sido el amor de su vida. A partir de ese momento la adivina narra las dos vidas, la real y la probable; el matrimonio que ha llevado su compañera de viaje y el que podría haber vivido al lado de ese otro hombre.
   Sencillo argumento, plagado de guiños surrealistas y "greguerías", para una entretenida película que nos habla sobre lo que pudo haber sido y no fue. O tal vez sobre lo que todavía está por venir.
   Existen otras películas que giran en torno a este argumento, pero a mí esta es la que me parece más sorprendente. Nunca deja de asombrarme que los ciudadanos de todas las épocas nos hagamos las mismas preguntas, una y otra vez, sin reparar en los mensajes que otros nos han ido dejando en el camino.
   Para terminar, y aunque soy consciente de que no he hablado casi nada de la película, pasaré a explicar que voy a intentar cerrar esta serie con una simple calificación de lo que me ha parecido la obra en cuestión. Para eso voy a utilizar el criterio que tengo en vigor desde hace unos meses, y que no es otro que el del sueño que me entra cuando estoy delante de la tele. Y, recordando de nuevo a José Luis, diré que voy a actuar a semejanza de “Cándida”, la crítica de cine de los programas de “Gomaespuma”, y voy a valorar las películas en función de si “me dormí” o de si “no me dormí”.
   Y con esta no, ¡NO ME DORMÍ! Es una gran película.