miércoles, 6 de septiembre de 2017

Historias del portero de verano: el infarto.

     No me resisto a contaros la última historia del portero de verano, el de siempre, que este verano afirma haber tenido un infarto que le ha durado más de tres días. Ocurrió la semana pasada.

     El lunes sintió un fuerte dolor en el antebrazo izquierdo, pero no hizo caso a los vecinos que le decían que se acercase al hospital. El martes el dolor se le extendió al hombro, pero decidió que tenía que seguir trabajando y no escuchó a los porteros de los otros números, que le decían que se fuese al hospital. El miércoles el dolor le inmovilizaba ya todo el costado, pero acabó su jornada y siguió sin hacer caso al presidente, que le insistía en que se fuese al hospital.

     El jueves, a las siete de la mañana, consciente ya de que "igual" tenía que mirárselo, se fue a la Cruz Roja. Allí le dijeron que no podían atenderle y que se fuese al hospital. Prefirió esperar a que abriese la clínica de especialidades médicas que hay en mi calle, donde la ATS encargada de las extracciones le dijo que ella no podía ayudarle y que se fuese corriendo al hospital. Así que de ahí se fue al ambulatorio, donde, esta vez sí, le cogieron y le llevaron ellos mismos... al hospital.

     Cuatro días después de los primeros síntomas, en el hospital, y según él mismo cuenta, le metieronn en un box y le llenaron de cables. Diagnóstico: que llevaba con un "infarto pequeño" desde el lunes.

     Al poco rato, medicado y con unas cuantas recetas en el bolsillo, le dieron el alta. Antes de abandonar el recinto se vio obligado, eso sí, a expresar su enérgica protesta porque no querían ponerle una ambulancia para volver a casa. Así que, con el cabreo por no ver atendidas sus exigencias, y un supuesto infarto de tres días a cuestas, se hizo a pie los 3 km que separan el hospital de la calle en la que vivimos.

     Ahora, para que nadie sospeche, le cuenta a la gente que tuvo que ir al hospital por un golpe de calor que se le complicó, que ha terminado durándole una semana y que le ha obligado a estar sin trabajar los dos últimos días de su contrato.

     Y aquí estoy yo, intentando decidir cuál de las dos historias es más creíble: la del infarto de tres días o la del golpe de calor de siete...

     Dice que a nosotros nos ha contado la verdad porque sabe que nos preocupamos por él. No imagina que no es preocupación lo que provoca que se nos ponga cara de marciano cuando escuchamos estas cosas que nos cuenta.

     Tampoco imagina que yo voy a ser tan indiscreta como para publicar sus dolencias en la red. Puede que le gustase sentirse el protagonista de esta historia, pero no puede leerla porque, como ya os conté, los de las redes sociales le cierran los perfiles a los 15' de abrirlos.

     Todavía no se sabe por qué, pero en esa dimensión desconocida está la causa de que hoy no asista a sus 5 minutos de gloria.

domingo, 19 de marzo de 2017

Conspiración en Madrid. Relato de un trozo de vida.


   En el mundo de la publicidad se le llama “trozo de vida” a esos anuncios que nos cuentan un momento cotidiano en el que personajes y situaciones ficticias remiten a realidades cercanas a la nuestra. Son pequeños relatos del día a día en los que, a veces, tenemos la sensación de estar mirando por una ventana indiscreta que tiene la particularidad de parecerse mucho a la nuestra.

     Y esa es, extrañamente, la sensación que yo he tenido al leer Conspiración en Madrid, la primera novela de Javier Juárez. Al pasar sus páginas, sentía que el autor me estaba contando un “trozo de vida” que podría haber sido el de mis abuelos, el de mis profesores, el de mis vecinos..., el de cualquiera que hubiese vivido, por azar o a causa del destino, en el Madrid de los años 40. Y es extraño, porque la base de la novela es una anécdota histórica que tiene como protagonistas a los Duques de Windsor, personajes que no podrían estar más alejados de la realidad de quienes ahora tenemos la oportunidad de leer este libro.

     Pero sí, lo cierto es que Conspiración en Madrid, a pesar de la distancia social y temporal que nos separa de estos personajes, consigue ser una novela cercana porque su autor, Javier Juárez, describe los hechos de manera tan universal que podemos sentirlos como algo propio. Para ello, se ayuda de personajes imaginarios que completan la narración y la convierten en un dibujo muy bien trazado de la España de la posguerra. Esta historia novelada es el relato de un día a día extraordinario en el que lo cotidiano-ficticio se mezcla con lo cotidiano-histórico. Es un cruce de caminos en el que la historia social se encuentra con la historia política para, de la mano y de manera perfectamente equilibrada, describir un episodio del pasado que, hasta ahora, se había considerado algo anecdótico.

     Los Duques de Windsor, y su paso por Madrid y Lisboa en el verano de 1941, le sirven a Javier Juárez para describirnos un trozo de vida en el que se condensa toda una época. Con una prosa sencilla y cercana, conocemos varios mundos distintos unidos en un espacio-tiempo limitado. La vida de posibles seres reales (en la novela imaginarios), se mezcla con la irrealidad simbólica de personajes auténticos y nos lleva a conocer un período en el que todo estaba dado la vuelta.

     Conspiración en Madrid es una novela que nos habla de sentimientos que se encuentran y desencuentran, para unos y para otros. La novela habla de amor, de desamor, de abandonos, de encuentros, de renuncias, de traiciones, de culpa, de compromiso, de sacrificio, de agradecimiento, de pérdida, de búsqueda, de desolación, de esperanza, de riqueza, de pobreza, de poder, de sumisión, de arrogancia, de humildad… Y lo hace en un tono tan universal que resulta inevitable sentirse identificado con esas emociones, unas veces intensas y otras muy tibias, pero siempre perfectamente reconocibles.

     Es una novela perfecta y absolutamente recomendable para todos los que tenemos interés en conocer cómo fue la historia de la España del siglo XX. Quienes, como yo, crecimos en una época en la que se ocultaba el pasado más reciente, estamos ansiosos por conocer estos trozos de vida que van añadiéndole luz a los años de la posguerra.

     Debo decir, además, que este libro se me ha hecho corto, tal vez porque pone en evidencia la gran cantidad de historias que aún esperan ser descubiertas y contadas.
     
     Ya estoy esperando a que Javier Juárez nos descubra la siguiente.

domingo, 6 de marzo de 2016

Películas a pares: "Turner" y "Effie Gray"

Siempre he pensado que en el arte y en la ciencia, como en la vida, las casualidades no existen. Los descubrimientos surgen cuando la gente los busca y, aunque las patentes se registran con nombres y apellidos, casi todos los inventos son el fruto de aspiraciones colectivas y conocimiento colaborativo.

Ocurre lo mismo con las historias y, por eso, a veces en un mismo año se estrenan películas de temas similares y con puntos de interés muy cercanos. Teniendo esto en cuenta, ¿por qué no ver esas películas juntas?

Recuerdo que, cuando era pequeña, todavía íbamos al cine a ver películas en sesión doble. Hace años ya, sí, muchos, pero antes las películas se veían de dos en dos.

En la tele de hace tiempo, además, tenían la costumbre de programar las películas en "ciclos". Cada semana, durante meses, podíamos ver una película de la filmografía de Ava Gadner, o de Paul Newman, o de Rita Hayworth, o de Montgomery Clift, o de Alfred Hitchcock, o de Marlon Brando... Cada semana la tele nos premiaba con una obra de un mismo actor o director y nos convertía en afortunados espectadores que veíamos películas y aprendíamos historia del cine al mismo precio. A la sazón, gratis.

Así que, si tenemos tiempo, ¿por qué no ver las películas a pares y en un contexto? ¿Por qué no relacionar dos títulos y montarnos una tarde temática de cine? ¿Queréis que lo intentemos?

Os hago una primera propuesta. Esta es dura y cultureta, especialmente dedicada a los amantes del arte. Porque ojo, si no te gusta el arte, a lo mejor estas películas te aburren mucho, pero mucho-mucho-mucho.

Pero si os gusta el arte os propongo que, para empezar nuestro ciclo de "películas a pares", veamos Turner (2014), de Mile Leigh y Effie Gray (2014), de Richard Laxton.


Se trata de dos interesantes propuestas que, más allá de la historia que narran, reflejan a la perfección la época, la atmósfera y el color que caracteriza a dos importantes pintores del siglo XIX.

La primera, como su propio título indica, nos acerca a los últimos años de la vida de William Turner, pintor paisajista que, en sus cuadros, nos regaló un nuevo modo de entender la luz, el color, la forma e, incluso, las impresiones que un paisaje es capaz de generar en el espectador.

La segunda, como también indica su título, narra un fragmento de la vida de Effie Gray, esposa del teórico y crítico de arte John Ruskin y, posteriormente, de John Everett Millais, ambos figuras imprescindibles del Prerrafaelismo.

Las dos películas son, como veis, obras biográficas sobre personajes que jugaron un papel fundamental en la pintura y el arte inglés del siglo XIX. Pero les une, además, el interesante retrato de las sombras que arrojan sus protagonistas. Más allá del arte, de la luz y del pensamiento, se esconden seres que pueden llegar a ser mezquinos y despreciables. Y esa es, también, una parte importante de estos relatos.

Detrás de un gran pensador, de ese que es capaz de revolucionar los dictados teóricos de toda una época, y de dejar plasmada su obra en más de 250 libros, detrás de ese teórico admirable, puede esconderse un ser humano detestable.

De la misma manera, detrás de un artista con una sensibilidad tan acentuada como para conmover únicamente con una pincelada, te puedes encontrar con un sujeto de mal carácter que ladra y muerde a cualquiera que ose acercarse más de lo necesario.

Así es el ser humano, capaz de crear obras de una belleza que te deja sin respiración y, al mismo tiempo, de hacer infelices a todos los que le rodean. El bien y el mal en una lucha eterna, en lo general y en lo concreto, en lo social y en el propio individuo. Estas películas, consciente o inconscientemente, nos muestran la inclinación que tiene el mundo a generar dualidad y desequilibrio como condición para que surjan obras que se acercan a lo sublime. ¿Puede existir lo uno sin lo otro? Ni idea. Ya me lo contaréis vosotros.

Así que, si os gustan los bio-pics, o las películas de época, o si sois fans de Turner, o de Millais, o de los prerrafaelistas, o si os habéis empapado del pensamiento de Ruskin, o si queréis ver los impresionantes paisajes de Escocia, o si, simplemente, queréis pasar la tarde ante dos películas de ritmo lento (casi pictórico), y gran belleza, entonces podéis sentaros y abrir vuestra mente para intentar entender a estos personajes tan importantes y, a la vez, o tal vez por ello, tan controvertidos.

Ahh, y un plus: Mr. Turner incluye una secuencia maravillosa en la que un daguerrotipista le cuenta al pintor cómo funciona su cámara. No os la perdáis.

Feliz sesión doble.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Luto por París. Luto por la muerte de los Servicios Públicos Informativos.


   Empecé a trabajar en televisión en el año 96, en Informativos. Era becaria. No había cumplido aún los 23 años y no tenía ni idea de la vida, ni de la profesión, ni de nada… Ya era licenciada en Comunicación, pero empezaba a aprender de verdad, entonces, de la mano de muchos y grandes profesionales.
   Como me cuesta un poquito quedarme sentada, confieso que los días en los que no pasaba nada importante (y eran unos cuantos), me aburría. Me aburría mucho. Sumarios, entradillas, colas, mapas… y otra vez sumarios, entradillas, colas, mapas… y espera. Muchas horas de espera. La monotonía del día a día me sugería que, al final, a lo mejor lo de trabajar en televisión no era para tanto: ni emoción, ni carreras por los pasillos, ni nada que celebrar. Sólo rutina y aburrimiento.
   Y entonces un compañero, José Luis, me dijo algo que nunca voy a olvidar, algo muy sencillo: “Relájate y no le des más vueltas. Asume que te pagan por esperar. Y cuando el momento llegue, vas a entender el porqué”. 
   Y así fue.
   En aquellos años, Eta seguía matando. Viví en Informativos la liberación de Ortega Lara, la muerte de Miguel Ángel Blanco y varios atentados en las calles de Madrid. Desde otros departamentos, y durante muchos años, seguí lidiando con la retransmisión de sucesos de todo tipo, incendios inesperados, celebraciones, jornadas electorales, el estallido de la Guerra del Golfo y el miserable 11M. Y en todos y cada uno de aquellos momentos recordé y entendí las palabras de José Luis. Mi papel era estar ahí, preparada, para cuando fuese realmente necesario.
   En los años en los que la televisión era de todos, si algo ocurría en el mundo, sus profesionales se volcaban y se ponían al servicio de la noticia. Estuviésemos donde estuviésemos, todos corríamos a nuestros puestos de trabajo. La información era lo primero y estar ahí, ofreciendo ese servicio público a los ciudadanos, era lo único importante.
   Participar en la elaboración y difusión de la información nos hacía sentirnos, también, partícipes de la Historia. A la pregunta de “tú dónde estabas cuando sucedió tal”, podías contestar que habías estado ayudando a contar la noticia. Tu profesión, de repente, cobraba un sentido especial. Tu labor anónima de un día justificaba cada minuto de tu profesión.
   Aquello funcionaba porque las televisiones sabían cuál era su papel en la sociedad. Eran conscientes de la importancia de mantener informados a los ciudadanos. Sabían que, cuando algo sucede, los espectadores ponemos la televisión para conocer la última hora de la información.
   Por eso mismo, los periodistas se acompañaban en los platós de analistas serios y bien informados, invitaban a colaboradores de alto nivel, capaces de poner orden en el caos, de aclarar los conceptos y de ayudar a entender lo que estaba ocurriendo. Si algo sucedía, ellos también estaban ahí para dar servicio a los espectadores.
   ¿Qué es lo que pasa ahora? Pues que las televisiones han matado el concepto de Servicio al Ciudadano. Ya nada importa. R.I.P. Y, por si eso fuera poco, tampoco hay profesionales que puedan activar los protocolos de emergencia informativa.
   Repasemos sólo algunas de las cosas que pasan, hoy en día, en las empresas de televisión:
  • Ya no hay equipos de emergencia que puedan hacerse cargo de un informativo imprevisto. Mantener en alerta a un grupo de profesionales cuesta dinero y hace mucho tiempo que esa dedicación ya no se paga.
  • Tampoco hay técnicos que abran los estudios por el cambio en los modelos de contratación. Ahora se contrata a muchos trabajadores por horas. Los cámaras, técnicos de sonido o iluminadores no pueden ir corriendo a ayudar a abrir un plató porque no son parte de ninguna empresa. A muchos se les llama para que vayan a trabajar cuatro o seis horas a la semana y a través de una ETT. No están legitimados para ofrecerse a ayudar a una televisión a la que ni siquiera pertenecen. 
  • Los puestos de responsabilidad de los Servicios Informativos están ocupados por sujetos que han convertido las redacciones en gabinetes de prensa del partido de turno. No están preparados para cubrir informaciones en momentos de crisis porque lo único que saben hacer es elaborar propaganda. De informar de la actualidad no tienen ni idea, y eso se nota.
  • Con los colaboradores sucede lo mismo. Se ha desplazado a los expertos y se les ha sustituido por “opinadores” políticos. Las mesas de debate son tertulias de propaganda y los que participan en ellas no están a la altura de una información de alto nivel. No saben gestionar las fuentes y sustituyen sus carencias por opiniones inválidas, informaciones falsas y especulaciones.

   ¿Cuál es la consecuencia de todo eso? Que Europa sufre el atentado más grave de esta década y los ciudadanos, al poner la televisión para saber qué es lo que está pasando, nos encontramos con el "sálvame", el "cántame" y el "miénteme". Nada de información veraz. El único canal que ofrece la noticia es, precisamente, el de todo noticias. Pensar en darle mérito a este último por informar me parece, cuando menos, ridículo, dado que la información es lo único que justifica su existencia. Seamos serios. Si en la tarde de ayer el “24 horas” no hubiesen dado la noticia, habría que haber cerrado directamente el canal y la empresa entera.
   En su mesa de análisis, un grupo de colaboradores insuficientemente informados se dedicaba a ofrecer datos discutibles y no contrastados, pasaba por alto declaraciones importantes y daban salida a noticias falsas que estaban circulando por Internet. Y por si todo esto no fuese lo suficientemente vergonzoso, se ponían ya a criticar a los partidos de la izquierda por las posibles declaraciones que iban a hacer hoy.
   Todo penoso y realmente lamentable.
   Al horror y la consternación que siento ante la noticia de la masacre en París, se une la tristeza por la muerte del Periodismo. Ya está. Por fin los políticos han conseguido destruir al Cuarto Poder. Nos tienen donde querían: neutralizados y fuera de juego. Otra guerra que hemos perdido.
   Cientos de profesionales formados y con experiencia observan atónitos el proceso desde su sofá, desempleados y expulsados de los medios. Muchos de ellos, entre los que me encuentro, hoy echamos de menos poder volver a ser aquellos sujetos anónimos que ponían su granito de arena para sacar adelante la información. Rompe el alma saber que esa función social, tan útil y necesaria, ya no existe.
   Amigos, el Periodismo de Servicio Público ha muerto.
   Acostumbrémonos a la nueva televisión, al imperio de la demagogia, al pensamiento único y a la propaganda.

lunes, 19 de octubre de 2015

Mis vecinos del transporte público (III)

Señora en el transporte público. Que no loca, sino trastornada.

No para de repetir su mantra:
"Mi situación no es social, es administrativa. Los responsables son las administraciones públicas."
Se retoca un carmín que resuena desde los años 90, rosa intenso, mientras busca un objeto sin objeto en su bolso de Carolina Herrera made in China.

Se pregunta en voz alta:
"¿Por qué no pones una denuncia?"
Y le responde un fado que sale de sus mismos labios.

Tararea para darse un respiro y en pocos segundos vuelve a su mantra.
"Mi situación no es social, es administrativa. Los responsables son las administraciones públicas. No hay pruebas. Las pruebas son el propio hecho, y ese derecho a mí me lo niegan,"
Se coloca sobre el regazo un segundo bolso, verde intenso, rematado con un buen puñado de tachuelas.
"Mi situación no es social, es administrativa. Los responsables son las administraciones públicas."
La gente comienza a mirar con recelo y siente cómo se abre una línea de fuerza que les aleja de ella. Los viajeros cambian de sitio.

Se retoca el pelo y se coloca unas horquillas del color de su carmín, sobre un pelo teñido de rubio añejo.

Canta.
"Estás perdiendo el tiempo esperando. Estás perdiendo el tiempo esperando. Estás perdiendo el tiempo esperando. Estás perdiendo el tiempo esperando."
De repente el disco vuelve a la cara A. 
"Mi situación no es social, es administrativa. Los responsables son las administraciones públicas. Yo no tengo nada que ver con la gente. Yo no soy social. ¿Qué tengo yo que ver con la sociedad? Mi situación no es social, es administrativa. Los responsables son las administraciones públicas."
Llegamos al final de la línea.

Baja sola. Nadie se atreve a romper la línea de fuerza.

Mira hacia el frente y camina en busca de su destino.


sábado, 23 de mayo de 2015

A la Resistencia de Telemadrid, ¡GRACIAS!

     Mañana, 24 de mayo, hay elecciones autonómicas. Mañana, pase lo que pase, va a cambiar el futuro de la que fue mi antigua empresa, Telemadrid.
     Antes de que eso suceda, y como nadie sabe si va a ser para bien o para peor, quiero darle las gracias a la Resistencia que, desde dentro, sigue defendiendo la justicia y la dignidad de los que siempre nos hemos considerado los “trabajadores legítimos de Telemadrid”.
     Hace más de dos años los políticos del PP madrileño decidieron llevar a cabo una limpieza ideológica y vaciaron la empresa de trabajadores. En su mente todos los obreros somos “rojos” y por eso intentaron exterminarnos. Se salvaron los jefes. Se salvaron también los enchufados. Se salvaron, incluso, algunos que agacharon la cabeza oportunamente y accedieron a colaborar con el régimen.
     A otros les salvaron en contra de su voluntad porque eran necesarios y, a veces, incluso imprescindibles. No es necesario que los nombre, todos los conocemos. Son los compañeros y amigos que, a pesar de escuchar que a lo mejor no se iban, continuaron secundando las huelgas, acudieron a las manifestaciones hasta el último momento y, cuando ya todos nos habíamos ido, decidieron mantener vivo nuestro recuerdo dentro del edificio, día tras día... hasta hoy.
     Durante estos dos años y medio el espíritu de los despedidos ha seguido vivo en nuestra tele gracias a ellos. No lo vemos, pero seguimos allí. Ellos se enfrentan por nosotros, no claudican, hacen valer su voz cuando es necesario, despliegan petos cuando lo creen oportuno, se niegan a pagar un precio por haber sido mantenidos en contra de su voluntad y no colaboran con la indignidad de quienes les han llevado al infierno. En una palabra: Resisten.
     A todos ellos, sólo unos pocos, ¡GRACIAS! ¡Muchísimas gracias!
     Los que estamos fuera hemos tenido tiempo y oportunidades para curar muchas heridas. Vosotros seguís soportando el veneno de una empresa tóxica y embrutecida. Y sé que algunos, cuando os claváis las uñas en las manos para no reventar, a veces pensáis en mí, me echáis de menos y aguantáis con la idea de que algún día vuestro esfuerzo va a merecer la pena. Sé que me estáis guardando la silla. Por eso, de verdad, ¡gracias infinitas!
     Nadie sabe qué es lo que va a pasar mañana. Yo no creo que me den la oportunidad de volver y os vais a quedar con las ganas de que vaya, como antes, a poneros la tarde patas arriba. No creo que podáis recuperar mis chistes malos, las canciones y las directas indirectas. Pero es que tampoco me importa. Lo único que deseo hoy es, de todo corazón, que a ese puñado de gente a la que tanto admiro la vida os cambie radicalmente a partir de esta misma noche. Gane quien gane, confío en que las cosas vayan a mejor para vosotros, porque ya os toca y, además, os lo merecéis.
     De todos los demás, aunque me dan igual, prefiero no hablar. Esto va por vosotros. A ellos que les parta un rayo. Y además que sea pronto.
     Así que ¡ánimo!, ¡GRACIAS!, y a ser felices con vuestra nueva vida.
     Por supuesto, tendremos ocasión de brindar justos para celebrarlo.

     ¡Ya falta poco!

viernes, 22 de mayo de 2015

A Olga, mi Olga.

     Olga, mi Olguita. No sé por qué te echo tanto de menos si apenas nos conocíamos. Yo sé que compartíamos muchos secretos, que intermitentemente nos encontrábamos y nos abríamos el alma. Pero, a pesar de todo, me parece que sólo vivimos unas cuantas horas juntas. Tan poquitas que casi podría contártelas todas. Fueron más de 17 años, ¡pero tan cortos!
     Recuerdo perfectamente el día en que nos conocimos. Corría el año 96, septiembre, en la antigua sede de la Agencia EFE. ¡Qué tiempos aquellos! Entraba yo por aquel entonces de becaria en Telemadrid, con un coletón de pelo que ya no tengo y una cara de panoli que todavía llevo puesta. Desde el primer día nos pusimos a cotorrearnos la vida como la cosa más natural del mundo. Yo te pregunté por el ojo y tú me contaste tu historia dura y sencilla, sin pudor y sin miedo. Ahí empezó todo, entre cotilleos, bromas y confesiones. Aunque ya sabes que la conversación que volvió a nuestra memoria una y otra vez, y que tantas sonrisas nos trajo a lo largo del tiempo, fue aquella ingenua pregunta de “Oye, Olga, ¿y tú cuántos años llevas aquí?”. “¿Yo?, ¡¡cinco!!”, me dijiste, “¡Una auténtica barbaridad! ¡Cinco años ya!”. Y yo, sorprendida, comenté: “Hala, sí que son muchos, cinco, jolín, quién pudiera decir lo mismo”.
     Nos estuvimos riendo de aquella estúpida frase durante mucho tiempo. Volvió a nuestra memoria cuando yo cumplí mis primeros cinco años en la empresa y tú ya llevabas más de diez. Volvimos a reírnos cuando cumpliste los 15, y cuando cumpliste los 20, y los 22… y ahí se paró la cuenta, porque la sinrazón vino a quitarnos el trabajo a todos, a muchos la alegría y a ti la propia vida. Ya no pudimos contar más. Se nos paró el tiempo.
     Ahora intento quedarme sólo con los buenos momentos, esos que me obsesionan desde el día en que te fuiste. No paro de pensar en la gran cantidad de tonterías que se nos ocurrían y que ahora mismo me hacen sonrojarme. Cada vez que me acuerdo de los paseos que nos dábamos la una a la otra por los pasillos, montadas en el carro del Pryca… ¡ay, madre! ¡Si lo viese ahora! Y estoy hablando sólo de paseos, porque de aquellas carreras de ver quién llevaba al otro más deprisa, con la ayuda de nuestro amigo, el otro loco, al que no puedo nombrar porque ahora es un profesional respetable… bueno, de eso no me quiero ni acordar porque me parece que tendrían que habernos despedido mucho antes. ¡Por locos! ¡Que éramos unos locos! Jajajaja.
     Y mira que no es eso lo que más recuerdo de ti, sino tus zarpazos. Uno detrás de otro, zaska, zaska, que nadie me ha espabilado en esta vida como lo hacías tú. Miedo me dabas, pero miedo necesario. Me llevé unos cuantos, oye, pero hoy veo que no fueron suficientes. Recuerdo que tú me contabas tu divertida vida amorosa y yo te narraba mis desastrosas desventuras, que merecían un zaska detrás del otro, hasta el infinito y vuelta. Aquella frase del “tú eres tonta” no me ha sonado en otra voz tan oportuna como en la tuya. Vaya par de dos. Cuántos momentos y, sin embargo, qué pocos. Muy pocos. Tan escasos que, cuando te fuiste, tuve que pedirle a tu padre que me prestase alguno de los suyos. Y aun así no me parecen suficientes.
     Ahora sé que no debería haberle dedicado tanto esfuerzo al trabajo. No ha merecido la pena vivir sin tiempo para los amigos. Sé que tendría que haberte reservado más horas, más días y hasta más años. Fuiste siempre un ejemplo de vida y una charla contigo valía un mundo entero. Nadie como tú sabía encajar los siniestros giros del destino. Recuerdo con especial admiración el momento en que me contaste la muerte de tu hermano así, como tú eras, tan serena. Yo tenía la sangre helada, el alma por los suelos, y tú te mantenías positiva, interpretando que tu hermano había sido libre hasta el final, que había elegido en cada momento cómo quería vivir e, incluso, cómo quería morir. Todavía se me pone cara de marciana cuando lo recuerdo. De verdad. Se me abren los ojos como platos y se me cambia el gesto al recordar tu forma de enfrentar la vida. Nadie entendía mejor que tú en qué consiste este mundo. Por eso, qué le vamos a hacer, no voy a perdonar nunca a quienes te robaron la energía que necesitabas para seguir peleándolo. Nunca. Ya ves que no he aprendido nada.
     Y es que necesitabas mucha, mucha energía. Y no sé de dónde la sacabas. Sólo te rendiste una vez, pero yo no lo vi, fuiste tú la que me lo contaste. Yo te llamé cabrona y tú no sé, me darías otro zarpazo, zaska, zaska, como si lo viera. Porque un día llegaste y me dijiste, más ancha que pancha, que habías estado a punto de morirte, pero que no habías querido avisarme porque no te apetecía despedirte. Tal cual. No puedo olvidarlo porque, otra vez, me dejaste helada. Yo no sé si tú eres consciente de que me tenías todo el tiempo con cara de tonta. Supongo que pensarías que era la mía, porque es probable que no llegases a ver otra. Vaya. Zaska, zaska. Es que te las traías de puro bruta. Así, tal cual. Debía de ser el 2001, porque recuerdo que la lectura que extraías de aquella experiencia era que le habías ganado al cáncer 20 años y que, pasase lo que pasase, ya no había quien te quitase lo bailao. Nunca antes me habías hablado de derrota y de sufrimiento. Nunca antes me habías contado que habías sentido ganas de morirte porque ni siquiera sabías quién eras cuando te mirabas al espejo. Nunca antes. Jamás. Y tampoco nunca después. Ni siquiera en ese mismo instante, si lo pienso. Porque tú eras así, no compartías las penas, sólo las contabas cuando podías verlas como una victoria. Tu historia siempre era un relato de triunfos. A los amigos nos reservabas sólo lo bueno y eso me duele, porque tendría que haberte dedicado más tiempo y haberme colado también en tu sufrimiento. No lo supe hacer y lo siento. Lo siento muchísimo. ¡No sabes cuánto!
     Ay, Olguita mía, ¡cuántos y qué pocos momentos vivimos juntas! Los guardo todos como un tesoro. Todos. Te recuerdo a cada instante guapa, escultural, como tú eras por dentro y por fuera, con esa figura de quitar el hipo, apoyada en la barandilla de tu balcón de Ibiza con unos 17 años espectaculares. Una vez se te ocurrió enseñarme esa foto y te quedaste así grabada en mi memoria para siempre, sin apagarte. Esa es la Olga que vive en mi recuerdo porque es la que mejor te define.
     Ahí sigues, por cierto, brillando. Y espero que sea por mucho tiempo, porque ahora lo que toca es que tu obra nos hable de ti y que nos descubra tus muchos y buenos momentos. Para eso tienes a tu padre, que no va a dejar nunca que te apagues. A tu padre precisamente le he robado esta foto sin pedirle permiso, con todo el morro. Esta foto que me encanta porque estás sujetando mi cuadro favorito. ¡Madre mía! ¿Ves? ¡Si es que aquí también parece que tienes 17 años! Y no puede ser, porque en esa época ya nos conocíamos y llevabas media eternidad en Telemadrid, por lo menos cinco años, jajajaja.



      Ay Olga, mi Olguita. Mira si te echo de menos que hasta me has obligado a sentarme a escribir, que es algo que no hacía desde… vete tú a saber. Parece que te estoy escuchando, “zaska, zaska, que pareces tonta”. Y me río. No puedo evitar sonreír cuando me acuerdo de lo bien que se te daba hacerme reaccionar.
     Por cierto, que lo pensé el otro día en tu homenaje. No sé si tu padre estará de acuerdo conmigo. Me preguntaba, "¿qué diría Olga si nos viese aquí ahora?" Y la respuesta fue “Zasca, pero qué idiotas sois”. Y al escucharte riéndote de nosotros reía yo también, con lágrimas en los ojos, y te echaba aún más de menos. Sólo tú eras capaz de ponernos firmes a todos, morena. A ver quién va a venir ahora a darme zarpazos con la gracia con la que tú lo hacías. Nadie se atreve. Saben que se los devuelvo. No son tú. Se me ha ido una luz que veía más allá de toda la mediocridad que a veces nos nubla el camino. Se me ha ido mi Olga.
     Menos mal que nos dejaste un millón de recuerdos. Muchos más de los que la gente puede imaginar. Sólo tu padre sabe la cantidad de deberes que le tenías escondidos en cada rincón de tu cuarto. No sabía él que le habías dejado tarea para años, para que no se aburra ahora que tú no estás. Estamos todos expectantes, con el ojo puesto en Facebook, para ver si nos descubre algún detalle nuevo.
     En fin, mi niña, gracias por todo. Gracias por cada minuto. Te quiero muchísimo. Sabes que te voy a seguir hablando cada día en silencio, pero aquí te dejo este escrito por si te quieres reír un rato de mí desde donde estés.
     Zaska, zaska, zarpazo va y zarpazo viene, ya sabes. Me hace mucha falta, así que no te cortes.


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