Olga, mi
Olguita. No sé por qué te echo tanto de menos si apenas nos conocíamos. Yo sé
que compartíamos muchos secretos, que intermitentemente nos encontrábamos y nos
abríamos el alma. Pero, a pesar de todo, me parece que sólo vivimos unas
cuantas horas juntas. Tan poquitas que casi podría contártelas todas. Fueron
más de 17 años, ¡pero tan cortos!
Recuerdo
perfectamente el día en que nos conocimos. Corría el año 96, septiembre, en la
antigua sede de la Agencia EFE. ¡Qué tiempos aquellos! Entraba yo por aquel
entonces de becaria en Telemadrid, con un coletón de pelo que ya no tengo y una
cara de panoli que todavía llevo puesta. Desde el primer día nos pusimos a
cotorrearnos la vida como la cosa más natural del mundo. Yo te pregunté por el
ojo y tú me contaste tu historia dura y sencilla, sin pudor y sin miedo. Ahí
empezó todo, entre cotilleos, bromas y confesiones. Aunque ya sabes que la
conversación que volvió a nuestra memoria una y otra vez, y que tantas sonrisas
nos trajo a lo largo del tiempo, fue aquella ingenua pregunta de “Oye, Olga, ¿y
tú cuántos años llevas aquí?”. “¿Yo?, ¡¡cinco!!”, me dijiste, “¡Una auténtica
barbaridad! ¡Cinco años ya!”. Y yo, sorprendida, comenté: “Hala, sí que son
muchos, cinco, jolín, quién pudiera decir lo mismo”.
Nos estuvimos
riendo de aquella estúpida frase durante mucho tiempo. Volvió a nuestra memoria
cuando yo cumplí mis primeros cinco años en la empresa y tú ya llevabas más de
diez. Volvimos a reírnos cuando cumpliste los 15, y cuando cumpliste los 20, y
los 22… y ahí se paró la cuenta, porque la sinrazón vino a quitarnos el trabajo
a todos, a muchos la alegría y a ti la propia vida. Ya no pudimos contar más.
Se nos paró el tiempo.
Ahora intento
quedarme sólo con los buenos momentos, esos que me obsesionan desde el día en
que te fuiste. No paro de pensar en la gran cantidad de tonterías que se nos
ocurrían y que ahora mismo me hacen sonrojarme. Cada vez que me acuerdo de los
paseos que nos dábamos la una a la otra por los pasillos, montadas en el carro
del Pryca… ¡ay, madre! ¡Si lo viese ahora! Y estoy hablando sólo de paseos,
porque de aquellas carreras de ver quién llevaba al otro más deprisa, con la
ayuda de nuestro amigo, el otro loco, al que no puedo nombrar porque ahora es
un profesional respetable… bueno, de eso no me quiero ni acordar porque me
parece que tendrían que habernos despedido mucho antes. ¡Por locos! ¡Que éramos
unos locos! Jajajaja.
Y mira que no
es eso lo que más recuerdo de ti, sino tus zarpazos. Uno detrás de otro, zaska,
zaska, que nadie me ha espabilado en esta vida como lo hacías tú. Miedo me
dabas, pero miedo necesario. Me llevé unos cuantos, oye, pero hoy veo que no
fueron suficientes. Recuerdo que tú me contabas tu divertida vida amorosa y yo
te narraba mis desastrosas desventuras, que merecían un zaska detrás del otro,
hasta el infinito y vuelta. Aquella frase del “tú eres tonta” no me ha sonado
en otra voz tan oportuna como en la tuya. Vaya par de dos. Cuántos momentos y,
sin embargo, qué pocos. Muy pocos. Tan escasos que, cuando te fuiste, tuve que
pedirle a tu padre que me prestase alguno de los suyos. Y aun así no me parecen
suficientes.
Ahora sé que no
debería haberle dedicado tanto esfuerzo al trabajo. No ha merecido la
pena vivir sin tiempo para los amigos. Sé que tendría que haberte reservado más horas, más días y hasta más
años. Fuiste siempre un ejemplo de vida y una charla contigo valía un mundo
entero. Nadie como tú sabía encajar los siniestros giros del destino. Recuerdo con especial admiración el momento en que me contaste la muerte de tu hermano así, como tú
eras, tan serena. Yo tenía la sangre helada, el alma por los suelos, y tú te
mantenías positiva, interpretando que tu hermano había sido libre hasta el
final, que había elegido en cada momento cómo quería vivir e, incluso, cómo
quería morir. Todavía se me pone cara de marciana cuando lo recuerdo. De
verdad. Se me abren los ojos como platos y se me cambia el gesto al recordar tu
forma de enfrentar la vida. Nadie entendía mejor que tú en qué consiste este
mundo. Por eso, qué le vamos a hacer, no voy a perdonar nunca a quienes te
robaron la energía que necesitabas para seguir peleándolo. Nunca. Ya ves que no he aprendido nada.
Y es que
necesitabas mucha, mucha energía. Y no sé de dónde la sacabas. Sólo te rendiste una vez, pero yo no lo vi,
fuiste tú la que me lo contaste. Yo te llamé cabrona y tú no sé, me darías otro
zarpazo, zaska, zaska, como si lo viera. Porque un día llegaste y me dijiste,
más ancha que pancha, que habías estado a punto de morirte, pero que no habías
querido avisarme porque no te apetecía despedirte. Tal cual. No puedo olvidarlo
porque, otra vez, me dejaste helada. Yo no sé si tú eres consciente de que me
tenías todo el tiempo con cara de tonta. Supongo que pensarías que era la mía,
porque es probable que no llegases a ver otra. Vaya. Zaska, zaska. Es que te
las traías de puro bruta. Así, tal cual. Debía de ser el 2001, porque recuerdo
que la lectura que extraías de aquella experiencia era que le habías ganado al cáncer
20 años y que, pasase lo que pasase, ya no había quien te quitase lo bailao.
Nunca antes me habías hablado de derrota y de sufrimiento. Nunca antes me habías contado que habías sentido ganas
de morirte porque ni siquiera sabías quién eras cuando te mirabas al espejo.
Nunca antes. Jamás. Y tampoco nunca después. Ni siquiera en ese mismo instante, si lo pienso.
Porque tú eras así, no compartías las penas, sólo las contabas cuando podías
verlas como una victoria. Tu historia siempre era un relato de triunfos. A los
amigos nos reservabas sólo lo bueno y eso me duele, porque tendría que haberte dedicado
más tiempo y haberme colado también en tu sufrimiento. No lo supe hacer y lo
siento. Lo siento muchísimo. ¡No sabes cuánto!
Ay, Olguita
mía, ¡cuántos y qué pocos momentos vivimos juntas! Los guardo todos como un
tesoro. Todos. Te recuerdo a cada instante guapa, escultural, como tú eras por
dentro y por fuera, con esa figura de quitar el hipo, apoyada en la barandilla de tu balcón
de Ibiza con unos 17 años espectaculares. Una vez se te ocurrió enseñarme esa
foto y te quedaste así grabada en mi memoria para siempre, sin apagarte. Esa es la Olga
que vive en mi recuerdo porque es la que mejor te define.
Ahí sigues, por
cierto, brillando. Y espero que sea por mucho tiempo, porque ahora lo que toca
es que tu obra nos hable de ti y que nos descubra tus muchos y buenos momentos.
Para eso tienes a tu padre, que no va a dejar nunca que te apagues. A tu padre
precisamente le he robado esta foto sin pedirle permiso, con todo el morro.
Esta foto que me encanta porque estás sujetando mi cuadro favorito. ¡Madre mía!
¿Ves? ¡Si es que aquí también parece que tienes 17 años! Y no puede ser, porque
en esa época ya nos conocíamos y llevabas media eternidad en Telemadrid, por lo
menos cinco años, jajajaja.
Ay Olga, mi
Olguita. Mira si te echo de menos que hasta me has obligado a sentarme a
escribir, que es algo que no hacía desde… vete tú a saber. Parece que te estoy
escuchando, “zaska, zaska, que pareces tonta”. Y me río. No puedo evitar
sonreír cuando me acuerdo de lo bien que se te daba hacerme reaccionar.
Por cierto, que
lo pensé el otro día en tu homenaje. No sé si tu padre estará de acuerdo
conmigo. Me preguntaba, "¿qué diría Olga si nos viese aquí ahora?" Y la respuesta
fue “Zasca, pero qué idiotas sois”. Y al escucharte riéndote de nosotros reía yo
también, con lágrimas en los ojos, y te echaba aún más de menos. Sólo tú eras capaz de ponernos firmes a
todos, morena. A ver quién va a venir ahora a darme zarpazos con la gracia con la que
tú lo hacías. Nadie se atreve. Saben que se los devuelvo. No son tú. Se me ha ido una luz que veía más allá de toda la mediocridad que
a veces nos nubla el camino. Se me ha ido mi Olga.
Menos mal que
nos dejaste un millón de recuerdos. Muchos más de los que la gente puede
imaginar. Sólo tu padre sabe la cantidad de deberes que le tenías escondidos en
cada rincón de tu cuarto. No sabía él que le habías dejado tarea para años,
para que no se aburra ahora que tú no estás. Estamos todos expectantes, con el
ojo puesto en Facebook, para ver si nos descubre algún detalle nuevo.
En fin, mi
niña, gracias por todo. Gracias por cada minuto. Te quiero muchísimo. Sabes que
te voy a seguir hablando cada día en silencio, pero aquí te dejo este escrito
por si te quieres reír un rato de mí desde donde estés.
Zaska, zaska,
zarpazo va y zarpazo viene, ya sabes. Me hace mucha falta, así que no te
cortes.
--