martes, 1 de abril de 2014

El chino que no tenía que haber sido un chino

   Vi el 5 a la izquierda… el 10 a la derecha. ¡Por fin! Ahí estaba el almacén. Después de casi una hora buscando la calle, había llegado al local en el que tenía la entrevista de trabajo. Justo en ese momento una mujer salía por la puerta del comercio y subía a un coche en el que la esperaba una amiga. No había ningún otro sitio libre, así que me puse detrás para ocupar el hueco que iban a dejar. La mujer encendió un cigarrillo. Los minutos se me hicieron eternos y no perdí de vista la cara de disgusto que me llegaba desde su retrovisor. La vi negar con la cabeza y apretar los labios. Le decía algo a su amiga, respiraba y, por fin, ponía el coche en marcha.
   Aparqué y entré en el almacén.
   Junto a la puerta me encontré con dos chinos que charlaban en una mesa alta de bar. Uno de ellos me abordó y me preguntó a qué había venido. “Tengo una entrevista”, le dije. Con la mano le hizo un gesto a otro chino y se volvió a sentar. No entendí muy bien si eran guardaespaldas o si lo único que mataban era el tiempo. Observé mientras esperaba.
   Tuve la impresión de haberme equivocado de dirección. Aquel almacén no tenía nada que ver con lo que esperaba. Dos días antes había solicitado un empleo para un comercio de “Moda Infantil”. En esta nave se alineaban docenas de estantes con miles de objetos de bisutería de venta al por mayor. Varios hombres paseaban por el local mientras dos chicas jóvenes trabajaban con abalorios de colores y unos alicates. Todos ellos chinos. Imagino que los alicates también.
   Unas horas antes, al consultar la manera de llegar al local, ya habíamos pensado que podía tratarse de una empresa de chinos, pero no quería creerlo. La oferta no parecía encajar del todo en ese estilo: un almacén de Moda Infantil busca a una persona responsable que se encargue de realizar trabajos de administración y de generar contenidos para la web. Que maneje perfectamente el paquete office y photoshop. Imprescindible nivel alto de italiano e inglés y disponibilidad absoluta para viajar a ferias del sector. Suficiente con nivel medio de francés.
   No. La descripción no parecía la de una tienda de chinos. Había llegado a sentirme culpable por mis prejuicios. Pensé que mi perfil podía encajar en la oferta y, sin más, solicité el puesto. Pero, en ese local… ¿dónde estaba la moda infantil?
   Por fin llegó un chino que me hizo pasar a la zona de administración. Era un señor bajito, de edad indefinida y vestido de manera informal. La oficina ocupaba un espacio diáfano y contaba con varias mesas de trabajo. Una española tecleaba rápidamente en el ordenador que estaba justo a mi lado. Frente a mí, unas paredes sucias que me hicieron recordar el “kit de limpieza” que guardaba en mi cajón de la tele. Aquí habría necesitado añadirle litros de lejía y algo de temple. Empecé a sentirme tan cutre como el entorno y por un segundo tuve conciencia de haber caído muy bajo. Fue entonces cuando supe que tenía que salir de ahí.
   El chino empezó a hacerme preguntas que respondí sin el más mínimo interés. Si lo notó, o no lo notó… a mí no me importa. ¿Qué hacías en tu anterior trabajo? Poca cosa. ¿Qué era lo que más te gustaba? Dar clase. ¿Hablas italiano? Perfectamente. ¿E Inglés? Me defiendo. ¿Eso qué nivel es? Pues mire, no lo sé. ¿Pongo nivel negociación? Ah, de acuerdo, negociación me puede valer. ¿Tienes disponibilidad para viajar? Absoluta. ¿No tienes hijos? No. ¿Y cuántos años tienes? 40 ¿Y no tienes hijos con 40 años? No. ¿Y eso? Que no he podido. ¿En serio? ¿Querer no es poder? Será, yo no lo sé. ¿Te tomas en serio tu trabajo? Mucho. ¿Cuántas fotos de joyas crees que podrías hacer al día? Uy, pues no sé, eso habría verlo, no se me ocurre una cifra concreta. ¿Y cuánto quieres ganar? Mínimo mil euros netos al mes. Máximo no tengo.
   En ese momento la secretaria parpadeó a cámara lenta e inclinó la cabeza ligeramente hacia atrás. Me arrepentí de no haber dicho mil quinientos, con eso me habría podido ir antes y evitar la charla sobre la calidad de las fotos de la web. Porque el chino, tal vez pensando que le iba a halagar, puso mucho interés en saber cuál era mi opinión profesional sobre las imágenes del catálogo.
- Están bien mentí, aunque son un poco planas. Las piezas tendrían que tener un poco más de volumen y mostrar mejor la calidad de los productos.
- ¿Quieres decir sombras?
- No, sombras no, volumen, algo más de tridimensionalidad.
- Ya, pero es que queremos fotos elegantes. Mira qué bonito el brillo del metal.
- Bueno, precisamente los brillos es lo primero que hay que evitar en joyería, porque no dejan que se vean la textura y el color de los materiales.
- En realidad estas fotos no las hace un profesional, ¿sabes? Las hace… un…un... uno. ¡Y ha mejorado muchísimo! ¿Verdad que sí? – En ese momento miró a la chica que trabajaba en el ordenador del rincón. Ella, educadamente, asintió con la cabeza y evitó levantar la mirada del teclado.
   El chino pasó entonces a mostrarme las fotos más antiguas, las de antes de mejorar, unas imágenes oscuras en las que apenas se distinguían los detalles de los colgantes. Y supe al verlas que el "uno”, ese fotógrafo de la tribu de Aníbal que no era profesional, era él mismo.
   Fue entonces cuando le dije, “mire, no quisiera hacer esperar a la persona siguiente, creo que tendrá usted que preparar otra entrevista”. Me miró con sorpresa, se levantó de la silla y me contestó “sí, tienes razón, en un par de semanas te llamamos para darte la respuesta”. Y, ni corta ni perezosa, en ese estilo imprudente que me caracteriza le dije, “en realidad, no hace falta que me llame, si me envía usted un correo ya me parece bien”…
   El chino se quedó patidifuso, le di la mano y me marché.
   Abandoné Chinatown rápidamente con la esperanza de no tener que volver. Mi expectativa de trabajar como gestora de contenidos de una web de moda infantil quedaba en la papelera de un chino, junto a piezas de alambre, plumas y bolas de plástico.
   Todavía no he caído, pensé. Todavía no.
   O, al menos, eso espero…

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