Mes de de
enero. Una academia cualquiera de una provincia cualquiera. Reciben el aviso de
que la Administración va a sacar a concurso unos talleres de formación y
deciden presentarse. No tienen profesores para los cursos en cuestión porque nunca se han
encargado de esa especialidad, de manera que se ponen a buscarlos… con calma.
Tic-Tac. Hay prisa, pero tienen muchas cosas que hacer y parece que esta no es
prioritaria.
Primera semana
de febrero. Recibo su llamada, me proponen colaborar con ellos y me dicen que
el plazo de presentación del proyecto termina en unos días. Me envían un esquema cerrado de los contenidos que tendría que impartir. Viene a ser algo así como reescribir la Biblia en verso. Me pongo rápidamente
con ello y al día siguiente les envío dos proyectos distintos en los que les explico por qué el temario que proponen no se puede impartir y les ofrezco una alternativa. Tic-Tac. No contestan.
Pasa la semana
de plazo y me olvido. Doy por hecho que han decidido no presentarse al
concurso. Nada más lejos de la realidad. Diez días más tarde me vuelven a
llamar, a primera hora de la mañana, y me dicen que han revisado mis dos
propuestas y se han quedado con la más difícil de llevar a cabo, la que más se
ajusta a los requerimientos de la administración, la misma que según todos los
criterios profesionales y docentes es imposible de desarrollar. Les vuelvo a explicar la dificultad de los contenidos y les comento que lo único sensato es optar por la segunda propuesta. No están de acuerdo porque no saben nada de la materia y apuestan por darle al ofertante exactamente lo que pide, aunque sea la luna. Yo, que estoy en paro, callo, otorgo, y pienso que ya encontraré la manera de llevarlo a cabo. Algo se me ocurrirá. Me vuelven a decir que tienen unos días para presentarse al
concurso. ¿¿?? Tic-Tac. Este reloj debe de estar averiado. Hemos vuelto atrás
en el tiempo.
En esa misma
llamada que, como decimos, es urgente, me dicen que necesitan mis títulos
compulsados. Yo no me puedo desplazar hasta esa provincia, así que les digo que
no hay manera. Quedan en enviarme un correo en ese mismo momento con toda la
información de lo que necesitan y de lo que podríamos hacer. Tic-Tac. Me centro
en ello para intentar prepararlo todo cuanto antes. Tic-Tac. ¿Se ha vuelto a estropear el reloj?
Se les olvida escribirme.
Me paso todo el
día esperando. Otro. Otro… Y al cuarto día, a última hora de la mañana, decido
llamar yo misma para ver qué es lo que pasa.
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- Riiing. Riiiing.
- Academia “Pitiplín”,
¿dígame?
- Hola, buenos
días, soy Pepita.
- ¿Pepita
quién?
- Pepita, la
del curso. Hablé contigo hace cuatro días a primera hora de la mañana y
me
dijiste que me ibas a enviar una información urgente.
- ¿Conmigo?
Conmigo no. ¡¡¡MANOLIIII!!! ¿HABLASTE TÚ HACE CUATRO
DÍAS CON PEPITA QUIÉN?
¿NOOO? Uy. Espera. Qué tonta. Jajaja. Ay, sí,
Pepita Quién, fui yo quien te llamó. Se me había olvidado enviarte la información
urgente. Ahora te la envío porque mañana mismo tengo que tener aquí tu título
compulsado.
- Ya, pues va
a ser imposible, porque a ver dónde me compulsan el título
de aquí a mañana..., pero si ya son casi las dos. He consultado en varias
administraciones y me dicen que
sólo me ponen el sello si se quedan ellos
con la copia. Que si necesito llevármela, entonces no me lo compulsan.
Además, estoy trabajando fuera de Madrid y tampoco puedo ir a la universidad
en la que estudié, que ahí sí que me lo compulsarían previo pago. Tendríamos que
esperar tres o cuatro días porque antes no puedo. De manera que me temo que
es del todo imposible que lo tengáis
mañana.
- Ay, bueno,
tiene que haber una solución, porque esto es urgente.
- (¿¿¿??? Silencio. Pensamiento de rayos y culebras).
- Espera, que
te envío ahora mismo el correo urgente y ahí te lo digo.
- (Oooohhhhmmmmmggggggggggggg.
Pensamientos de destrucción.
¡¡Que me envía ahora el correo urgente que tenía
que haberme enviado
hace cuatro días!! Ooohhhmmmggg. Mejor pienso en lágrimas).
- (Elipsis.
Despedida y más de lo mismo).
---------------
Cinco minutos
más tarde recibo un correo que dice lo siguiente:
Estimada Pepita
Quién:
Estamos viendo
el tema de las compulsas y se nos ha ocurrido una solución. Un notario.
Nosotros lo abonamos. Lo único que sólo compulses el título, el resto mándanos
fotocopias.
¿Podrías hacer
esto? Así sería mucho más fácil. Me llegaría en un día o dos y no habría
problema.
(Bla, bla, bla,
atentamente, bla, bla, bla).
Les contesto
con educación mientras pienso en mandarles a la porra. Estoy en el paro y en
principio no debería rechazar ninguna oferta de empleo, de manera que este jarro de agua
fría me bloquea los circuitos.
A ver. Que alguien me explique lo siguiente: ¿por qué
tengo yo que hacer malabares para que una academia se presente a un concurso
con un proyecto imposible? Y si luego no se lo dan (que es lo más probable
porque no quieren atender mis sugerencias sobre el contenido), ¿qué hacemos
entonces? ¿Es razonable que una academia especializada en jardinería pretenda dar cursos de costura? Y si así es, si lo que buscan es ampliar su línea de negocio, ¿no deberían atender a las indicaciones de los profesionales?
Por otro lado, ¿alguien en su sano juicio considera razonable estar mintiendo todo el rato al que va a ser tu empleado? ¿Qué es exactamente lo que me estáis pidiendo? ¿Y cuál es la fecha de presentación? ¿Es mañana? ¿Era hace una semana? ¿Es la semana que viene?
Si me omites datos que son de vital importancia para la organización de mi trabajo, y además te olvidas de enviarme la información urgente, y además no haces caso a mis sugerencias... ¿cómo se te ocurre pedirme que vaya a un notario para que me compulse el título y tu proyecto se convierta en el más legal de todos? ¿Pero de verdad pensáis que eso del notario es entrar, sellar y marcharse? ¿No sería más lógico que me hubieseis pedido toda esta información hace un mes? No, claro. Queréis jugar con ventaja. A mí no me dais los datos, pero sí me pedís que corra para que vuestro equipo sea el ganador.
Me planto. Aquí, o corremos todos, o pincho la rueda de la bici. No
me importa que, de nuevo, me incluyan en el grupo de los parados que no queremos trabajar.
Así no. Estoy perdiendo el sentido del humor y no me hacen gracia estas bromas
tan divertidas.
Mira. Que impartan
ellos el curso. Y, si no saben, pues eso, justo lo que estáis todos pensando: que llamen a un notario.
O a dos.
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