Me pongo en la cola para comprar el billete del bus y un señor que tengo delante comienza a hacer aspavientos porque en la taquilla hay una pareja de jubilados pidiendo información. Se trata de un ancianito tipo "bartolo" al que acompaña una dulce señora que apoya la mano con cariño en el antebrazo de su marido.
Faltan quince minutos para que salga el autobús, pero el energúmeno quiere comprar su billete yaaaa y comienza a ejecutar una danza ritual con el fin de invocar al dios de la taquilla: brazos arriba, brazos abajo, giro a la derecha, re-giro a la izquierda, un paso atrás, dos adelante, palmoteo de manos en el aire... y vuelta a empezar.
El rito surte efecto y, por fin, la parejita de viajeros se retira de la ventanilla.
Cualquier pensaría que, atendida la súplica, lo que toca ahora es comenzar el ritual de agradecimiento, ¿no?, cualquiera pensaría... Pero nuestro protagonista no es cualquiera y se enzarza en una lucha dialéctica en la que él es el único guerrero: voces, improperios, acusaciones...
Un taquillero ojiplático le expende el billete lo antes posible y le deja marchar con toda la amabilidad de la que es capaz.
Y, a pesar de que aún faltan diez minutos para la salida de la diligencia, el energúmeno se va corriendo a la puerta de embarque mientras mantiene a voz en grito la teoría de que los ancianitos le van a hacer perder el autobús.
Y... ¿sube corriendo a ocupar su plaza? No, señores, no. Se mete a la velocidad del rayo en el baño de caballeros.
Por fin una pista de lo que está ocurriendo: a este señor la mierda le nubla el entendimiento.
No puede estar mejor contado: ya me estaba imaginando al indio haciendo el señor, perdón, al señor haciendo el indio.. ¡buenísimo!! y para rematar... la gran frase final. Ole y ole. Más, quiero más.
ResponderEliminarA veces pienso que fui yo la que vine en la SonYuzner.
ResponderEliminarNo entiendo a los humanos.